1.700 millones padecen esteatosis hepática: las políticas mundiales empiezan a actualizarse
Aproximadamente el 40% de los adultos de todo el mundo padecen esteatosis hepática, la mayoría sin saberlo. Sin embargo, a pesar de su elevada prevalencia, la hepatopatía ha seguido siendo un punto ciego en las estrategias mundiales de lucha contra enfermedades crónicas como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y el cáncer.Esto puede estar empezando a cambiar.
En 2023, un consenso internacional de expertos de más de 50 países introdujo una nueva terminología —esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica (MASLD, por sus siglas en inglés) y esteatohepatitis asociada a disfunción metabólica (MASH, por sus siglas en inglés)– para alinear el lenguaje con las raíces metabólicas de la enfermedad y sus vínculos con la diabetes tipo 2, la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. A principios de este año, el Consejo Ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) aprobó una resolución sobre la esteatosis hepática. Si la Asamblea Mundial de la Salud (AMS) la adopta en mayo, será la primera vez que este conjunto de enfermedades olvidadas durante tanto tiempo se reconozca formalmente en la agenda mundial de las ENT
Sin embargo, el reconocimiento es sólo el primer paso.
Lo que se mide se prioriza
La experiencia de otras respuestas sanitarias mundiales demuestra que el reconocimiento político por sí solo no impulsa el cambio. Debe ir unido a la medición y la rendición de cuentas. La respuesta al VIH ofrece un claro ejemplo. En Europa, la Declaración de Dublín sobre el VIH/SIDA exigió a los gobiernos que hicieran un seguimiento e informaran públicamente de los progresos realizados. Esa transparencia ayudó a transformar los compromisos en acciones.
Las enfermedades hepáticas necesitan ahora un cambio similar. Los países pueden empezar por integrar la esteatosis hepática en los sistemas existentes de seguimiento de las ENT, haciendo un seguimiento de la frecuencia con la que las personas son diagnosticadas tardíamente y de si la evaluación del riesgo hepático —a menudo mediante un simple análisis de sangre— forma parte de la atención rutinaria a las personas con diabetes y obesidad. Con este fin, debería ayudarse a los laboratorios a calcular automáticamente las puntuaciones de fibrosis hepática e identificar el riesgo hepático de forma precoz.
Los parámetros biomédicos por sí solos no bastan. Los sistemas también deben medir la comprensión del paciente, el estigma y si las clínicas multidisciplinares funcionan eficazmente. Los indicadores económicos (hospitalizaciones, costes de trasplantes y pérdidas de productividad) pueden ayudar a demostrar las consecuencias sociales de la inacción.
Lo que medimos determina, en última instancia, las prioridades de los sistemas sanitarios.
Desplazar los incentivos hacia fases más tempranas
Si los gobiernos sólo miden las complicaciones en la fase tardía, los sistemas sanitarios seguirán centrándose en la atención de rescate. Si miden la detección tardía y la gestión metabólica integrada, la atención empieza a desplazarse hacia fases más tempranas.
Los incentivos económicos deben ajustarse a ese cambio. En la actualidad, los sistemas sanitarios tienden a premiar más los procedimientos y la atención hospitalaria que la prevención. En el caso de las enfermedades hepáticas, este desequilibrio es patente: los recursos siguen concentrándose en las fases avanzadas, a pesar de que los costes del diagnóstico tardío (hospitalización, trasplante, inmunosupresión de por vida y pérdida de productividad) superan con creces los de la detección a tiempo.
Los factores que impulsan las enfermedades hepáticas van mucho más allá de la atención clínica. Algunos de los mismos factores que impulsan otras ENT (alimentos ultraprocesados, marketing del alcohol y entornos cada vez más sedentarios) también están impulsando la enfermedad hepática.
Esto significa que la salud hepática debe estar en las mismas conversaciones políticas que los impuestos sobre el azúcar, la regulación del alcohol y el diseño urbano. Las medidas que reducen la diabetes y las enfermedades cardiovasculares también reducirán la carga de las enfermedades hepáticas, evitando cientos de miles de casos de cirrosis y cáncer de hígado en todo el mundo.
La infraestructura para actuar ya existe. La OMS y los gobiernos nacionales han establecido sistemas de seguimiento de las ENT. El reto ahora es la integración: garantizar que estos sistemas incluyan la salud hepática, en lugar de pasarla por alto.
Del reconocimiento a la acción
La sociedad civil también tiene un papel que desempeñar. En la respuesta al VIH, la defensa de los pacientes ayudó a que los gobiernos rindieran cuentas de sus compromisos. A medida que aumenta la concienciación sobre la esteatosis hepática, las personas que viven con esta enfermedad pueden ayudar a impulsar un cambio similar.
Durante décadas, la esteatosis hepática ha sido una enfermedad común pero en gran medida invisible en la política sanitaria mundial. La propuesta de resolución de la OMS indica que esto está empezando a cambiar. Pero la verdadera prueba de fuego vendrá a continuación: cuando los países decidan medir la salud del hígado, integrarla en las estrategias contra las ENT y orientarse hacia la prevención.
El hígado lleva años enviando señales de alarma. Ahora los gobiernos deben actuar en consecuencia.
El profesor Jeffrey V. Lazarus, responsable del Grupo de Salud Pública del Hígago de ISGlobal, director del Think-tank Global sobre Enfermedad Hepática Esteatósica y profesor de salud global en la Escuela de Posgrado de Salud Pública y Políticas Sanitarias de la CUNY en la ciudad de Nueva York, es un destacado investigador y defensor de la salud hepática con múltiples cargos académicos a nivel internacional. Lazarus preside 'Healthy Livers, Healthy Lives', una coalición mundial de las principales asociaciones dedicadas a la salud hepática. En 2025, recibió el Premio al Servicio Público Eugene T. Davidson, MD, de la Asociación Americana de Endocrinología Clínica.